La Autoridad del Creyente

¡Nos han robado! Hemos perdido algo sumamente importante y valioso, algo que puede significar la diferencia entre el fracaso y el éxito, la derrota y la victoria.

¿Qué es esto tan determinante, que nos han robado? Antes de contestar la pregunta, pensemos en el cuento del águila recién nacida que un campesino encontró en el campo. La llevó a casa y la dejó con las gallinas, y así se formó y creció. Como las demás gallinas, el águila aprendió a alimentarse, comiendo bichos y semillas que encontraba en el suelo, y pasaba todo el día mirando hacia abajo. Sin embargo, un día el águila miró hacia el cielo y allí vio un extraordinario pájaro volando y planeando en las alturas. El águila quedó impresionada por lo que vio, y soñaba con hacer algo similar. De repente se le acercó un gallo y le preguntó qué estaba mirando. El águila le habló del pájaro, y le decía que deseaba volar también. Al mirar arriba, el gallo le contestó: “Oh, es un águila, pero no pienses más en eso. Tu eres una gallina y siempre serás una gallina.” Al escucharlo, el águila se resignó a su destino y volvió a buscar los bichos en el suelo.

Un cuento triste, ¿verdad? Al águila le habían robado algo muy importante, lo que le hizo perder su verdadero propósito en la vida, esto es, SU IDENTIDAD. En la iglesia hoy en día, el mismo cuento triste está sucediendo a miles y miles de cristianos. Aun cuando Dios nos ha creado para “volar en las alturas”, hemos creído la mentira del diablo que somos pobres pecadores y siempre seremos así. Mientras no vuelva Jesucristo para llevarnos al cielo, dice el diablo, tenemos que soportar toda clase de tristezas, enfermedades, pobrezas y fracasos en la vida.

Como el águila que pensaba que era una gallina, hemos creído que somos como todos los demás en el mundo, la única diferencia es que hemos sido perdonados de nuestros pecados. Nos han robado una verdad preciosa y poderosa; LA VERDAD DE NUESTRA IDENTIDAD EN CRISTO.

Hermanos, no somos gallinas como los demás. ¡Somos hijos de Dios, embajadores de Cristo y nuevas criaturas con una nueva identidad!

Pues si por la transgresión de uno solo reinó la muerte, mucho más reinarán en vida... los que reciben la abundancia de la gracia del don de la justicia” (Romanos 5:17).

¿Estás reinando en la vida? Según este versículo, todos los que han recibido de la abundancia de la gracia de Dios y del don de la justicia, deben reinar en vida. Reinar significa dominar o ejercer autoridad. La autoridad del creyente es una de las verdades más preciosas que existe en el evangelio, y una de las verdades menos entendidas.

La autoridad y el dominio es lo que Dios entregó al primer hombre, Adán, en el huerto de Edén.

Y creó Dios al hombre a su imagen... y los bendijo y les dijo: Fructificad y mulitiplicaos; llenad la tierra y sojuzgadla, y señoread...” (Génesis 1:27-28).

El hombre recibió autoridad sobre la tierra y sobre todo lo que existía en ella. El era el representante de Dios, creado a su imagen, y tenía autoridad para cumplir con los propósitos de Dios en el mundo. El él existía la gracia de Dios y Su justicia, entre otras cosas. Mientras el hombre caminaba con Dios en obediencia, su autoridad y dominio quedaban vigentes. Pero cuando Adán y Eva pecaron, algo profundo sucedió; algo que dejó a la humanidad en esclavitud y temor. El hombre perdió la justicia de Dios y su propósito. Su identidad había cambiado. Ahora, no era un hijo de Dios, sino un hijo de ira (Efesios 2:3). En lugar de reinar, el hombre quedó sujeto a servidumbre (Hebreos 2:15).

Cuando Jesús vivía entre nosotros como hombre, El nos mostraba lo que significaba la autoridad del creyente. Como Dios en la carne, era un hombre justo, sin pecado, y lleno de gracia y verdad (Juan 1:14). Así, El dominaba las enfermedades, la escasez, el clima, los demonios, la muerte y al mismo diablo. Su justicia le mantuvo bajo la cobertura de Dios y, así, el tenía autoridad para deshacer las obras del maligno (1 Juan 3:8).

Durante su ministerio, Jesucristo entregó la misma autoridad a sus doce discípulos, y después a setenta más. Fue una tremenda demostración de la autoridad que existe para todos los que se encuentran sometidos a Jesucristo.

Es importante que entendamos que el diablo sólo ganó acceso al mundo a través del pecado del hombre. Mientras el hombre mantenga su naturaleza pecaminosa, no tiene ningún derecho legal en contra de las obras del enemigo. Tiene que sufrir enfermedades, tragedias, escasez y el fracaso, porque es un pecador y el diablo viene para “robar, matar y destruir” (Juan 10:10). El hombre perdió la justicia por el pecado de Adán. Pero, si el poder del pecado fuera destruido, y si el hombre pudiera recibir una nueva naturaleza, una nueva identidad, entonces recibiría también la autoridad para reinar en la vida, ¡como Jesús! Las buenas Nuevas del evangelio declaran exactamente esta poderosa verdad.

Sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado. Porque el que ha muerto, ha sido justificado del pecado” (Romanos 6:6-7).

¡Hemos sido justificados el pecado! El cuerpo del pecado fue destruido en la cruz. Somos libres para servir al Señor sin la consciencia del pecado. Veamos más:

Al que no conoció pecado (Jesús), por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2 Corintios 5:21).

Aquí, Dios declara que por el sacrificio de Jesucristo, nosotros fuimos hechos justos. La naturaleza pecaminosa, ya no existe en el creyente. Tenemos una nueva identidad:

De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas” (2 Corintios 5:17).

Entonces, el creyente ahora no es un pobre pecador salvo por la gracia. Era un pobre pecador, pero fue salvado y transformado por la gracia de Dios. Ahora, cada cristiano es espiritualmente una nueva creación y tiene una nueva identidad. Ya no somos gallinas. ¡Somos águilas! ¡No somos víctimas, sino, vencedores!

Seguramente, alguien está pensando, “Pero no me siento como un vencedor. Todo anda mal. Siempre estoy enfermo. Nunca tengo suficiente recursos para cancelar mis cuentas. ¿Qué pasa?” Lo que pasa, es que has actuado como una víctima por tantos años, que sigues comportándote como víctima. La vida victoriosa y abundante depende de nosotros, no de Dios. Dios ha hecho su parte, y ahora depende de nosotros. Hemos sido como el águila que creyó al gallo cuando le dijo, “Tú eres una gallina y siempre vas a ser una gallina.” El diablo nos ha dicho lo mismo por muchos siglos, y lo hemos creído. Pero, la verdad nos hace libres, y al estar armados con la revelación de nuestra nueva identidad, podemos cumplir con los mandatos de Jesús. ¿Qué quiere El de nosotros?

Como tú me enviaste al mundo, así yo los he enviado al mundo” (Juan 17:18).

Entonces Jesús les dijo otra vez: Paz a vosotros. Como me envió el Padre, así también yo os envío” (Juan 20:21).

¿Cómo fue, Jesús, enviado al mundo? ¿Cómo un pobre pecador, siempre enfermo, fracasado, sin poder y autoridad? ¡No! El vino al mundo para deshacer las obras del diablo. El sanó a los enfermos, echó fuera a los demonios, suplió las necesidades de la gente, dominó la naturaleza y resistió las tentaciones del diablo. ¡Y El dice que nos ha mandado de la misma manera!

Para hacer todo esto uno necesita autoridad. Necesita ser justo ante los ojos de Dios, porque solamente la justicia puede atar al diablo, y deshacer sus obras. Gracias al Señor, nos ha hecho justos, nos ha mandado con su mismo mandato, y nos ha dado su autoridad, su Nombre, el Espíritu Santo, los dones del Espíritu, las promesas del Nuevo Pacto, la armadura de Dios y las llaves del Reino, para cumplir con sus propósitos. ¿Quién puede pensar en sí mismo como una víctima, cuando toda la abundancia de Dios le respalda?

La vida cristiana no debe ser una vida llena de fracaso, enfermedades y escasez. De hecho, el Señor nos ha mandado para librar al mundo de tales cosas. El evangelio, es el poder de Dios que puede librar a los esclavos. Pero, si los mismos cristianos siguen viviendo vidas fracasadas, ¿cómo podemos predicar al mundo? No, hermanos, la vida fracasada no es para nosotros. Hemos recibido autoridad y debemos administrarla. Somos responsables ante el Señor por lo que nos ha dado. ¡Levantémonos como hijos del Rey de Reyes, y tomemos nuestro puesto en el gran ejército de vencedores que Dios está levantando en estos días! Sean águilas y acaben con los trucos y las trampas del diablo en sus vidas.

He aquí os doy potestad de hollar serpientes y escorpiones, y sobre toda fuerza del enemigo, y nada os dañará” (Lucas 10:19).

Y sometió todas las cosas bajo sus pies, y lo dio por cabeza sobre todas las cosas a la iglesia, la cual es su cuerpo, la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo” (Efesios 1:22-23).


Si tú eres cristiano, has recibido autoridad. Autoridad para sanar enfermos, echar fuera demonios, librar a los cautivos y ser una bendición en el mundo. Sólo puedes ser vencido por la ignorancia o pasividad. Tú eres justo ante los ojos de Dios. El te regaló su propia justicia por el gran amor que El tiene para con nosotros. El ha puesto al diablo bajo tus pies. Las enfermedades tienen que rendirse por la imposición de manos y la declaración de fe. La pobreza tiene que huir cuando aplicamos los principios del diezmo y la ofrenda alegre. El temor no tiene lugar en nosotros, porque no hemos recibido un espíritu de temor sino de poder, de amor y de dominio propio (2 Timoteo 1:7). La Palabra de Dios en nuestro corazón y en nuestra boca es la espada del Espíritu, y no existe nada en el cielo ni en la tierra que pueda resistir a la Palabra de Dios. La vida abundante es nuestra herencia y hacer discípulos en cada nación es nuestro propósito. Que no seamos satisfechos con “bichos.” ¡Es tiempo para volar!


Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones...” (Mateo 28:19-19)